La danza posee singularidades que al ser
volcadas al taller comunitario, a nuestro entender, brindan oportunidades
nuevas, diferentes.
Al
trabajar con el cuerpo, casi sin mediación de la palabra, entramos en un mundo
donde aquellos que no pueden hablar u oír están en igualdad de condiciones con
los que sí lo hacen. Quienes hablan y oyen
practican sus habilidades de comunicación no verbales, pueden descubrirse
encontrándose con una persona en una danza sin conocerse
previamente, sin mediar palabra y generando igual una gran confianza. Para los
que habitualmente se sienten excluidos en los espacios donde la oralidad está
en un primer plano (que son los más comunes) encuentran sus habilidades
potenciadas y su participación plena.
La libertad en la investigación del
movimiento, llevada a un taller como el
aquí propuesto, permite que cada uno se sienta bien en su cuerpo en el momento
presente; no es con un cuerpo ideal imposible de alcanzar con el que bailamos,
sino con el cuerpo que ya tenemos, tal cual es. Esto abarca tanto a las personas que dicen “soy un
patadura” como a las que por tener una discapacidad física no han tenido la
oportunidad de bailar. Aquí cada movimiento es válido y necesario
para enriquecer la danza en común.
En la imagen bailan cinco personas, tres mujeres, una de ellas en silla de ruedas, un niño y un hombre, usando distintos frentes y niveles, conectando distintas partes del cuerpo, tres de ellos haciendo equilibrio en un pie.
